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El derbi madrileño
 

Para los que no nos dedicamos a diario a la crónica política, la reunión del comité ejecutivo del Partido Popular para poner sordina a los casos de corrupción y pedir mesura a los dirigentes que se insultan en público ofrece tres o cuatro aspectos tan interesantes como sorprendentes y divertidos. Uno: don Mariano Rajoy iba a dar un puñetazo sobre la mesa y no pudo darlo. Dos: doña Esperanza Aguirre iba a ser reprendida ante sus compañeros de partido y prefirió no asistir. Tres: el contenido de la reunión debería haber sido absolutamente confidencial, fuera de los habituales comunicados vacuos, y nos hemos enterado por la prensa de todo lo que allí se dijo con pelos y señales. Cuatro: el tono general de las declaraciones destila un sentimentalismo empalagoso y, si se me permite decirlo, de un cierto color lila, pero vayamos por partes.

t Se necesita un hombre fuerte. Don Mariano Rajoy había convocado la reunión con carácter de urgencia para imponer su autoridad y dar el puñetazo sobre la mesa que se le venía reclamando («Santo Job sólo hubo uno», llegó a decir), pero no pudo hacerlo al faltar a la cita doña Esperanza Aguirre, principal destinataria de la prevista reprimenda, que alegó ocupaciones protocolarias propias de su cargo. Podría haberse excusado la señora diciendo que estaba en la peluquería, o en el gimnasio, y el desprecio no hubiera sido menor. Algunos observadores creen que si en ese momento estuviese al frente del partido un caballero de fuerte carácter como el señor Fraga, o el mismo señor Aznar, la doña no se hubiera atrevido a tanto; pero don Mariano ha impuesto un estilo de actuación más blando, hecho de circunloquios gallegos y nieblas de las Rías Bajas, que tiene de los nervios al cotarro mediático madrileño, siempre partidario de rematar las faenas con una estocada hasta la bola. La querencia de la derecha española hacia las jefaturas autoritarias está históricamente constatada, y si no había a mano un civil con los rasgos adecuados para ejercerla con solvencia (Gil Robles, Fraga o Aznar) se recurría inmediatamente a un militar (Primo de Rivera, Franco), que es gente educada en el «ordeno y mando» y no se anda con tonterías. Afortunadamente, con la restauración de la democracia parlamentaria, esa solución alternativa es casi imposible, el peso de los militares en la política española se ha vuelto muy relativo, y hay que espigar entre la amplia nómina de juristas con vocación política para encontrar al hombre fuerte -o a la mujer fuerte- que necesitamos, aunque no faltan los nostálgicos de aquellos buenos tiempos en los que ni siquiera los partidarios más entusiastas se atrevían a rechistar.

t La rebeldía de doña Esperanza. La rebeldía de la señora Aguirre viene de lejos. Exactamente, desde que hace un año y ocho meses don Mariano Rajoy perdió las elecciones generales como candidato del PP a la Presidencia del Gobierno. Aquella infausta noche el señor Rajoy salió a saludar a sus decepcionados partidarios desde el balcón de la sede de Génova, y los conspiradores, entre los que se encontraba la antes mencionada señora, intentaron librarse de él empujándolo hacia la calle. El intento de asesinato político fue tan evidente que la mujer del candidato se abrazó llorosa a él para protegerlo. La tierna escena no conmovió a los conjurados, y a la mañana siguiente los medios afines a la causa («El Mundo» y la Cope, preferentemente) pidieron su cabeza. El resto es historia reciente y conocida. Don Mariano se defendió subiendo y bajando interminablemente esa escalera donde pasan el tiempo los gallegos, a la espera de que amainase el temporal, pero, entre tanto, tampoco se anduvo por las ramas. Remodeló el comité ejecutivo, echó a los díscolos y nombró para los cargos más vistosos a dos señoritas atractivas, de nariz respingona, con aspecto de buenas chicas y sólida formación jurídica como abogadas del Estado. En España, país de abogados por antonomasia, un abogado del Estado es una garantía de solvencia intelectual para ocupar cualquier tipo de cargo; pero si además de eso el currículum va acompañado de una nariz respingona, estamos rozando la excelencia. Una vez dado ese golpe de autoridad, don Mariano recibió el apoyo explícito de los barones territoriales de Levante y Andalucía y se acuarteló para resistir la embestida. Y en estas estábamos cuando empezaron a soplar vientos favorables. El sistema financiero mundial se vino abajo estrepitosamente, y la economía española, basada fundamentalmente en el turismo, la especulación urbanística y la construcción, detuvo de golpe aquella alegre marcha consumista que no parecía tener fin, y empezó a generar cientos de miles de parados todos los meses. Más de cuatro millones llevamos ya. Por supuesto, el modelo económico del Gobierno socialista es muy parecido al de los gobiernos populares, pero la ilusión por el retorno de las vacas gordas hace creer a la gente que si vienen otros a darle vueltas a esa misteriosa manivela que hace moverse a la economía las cosas irán mejor. Además de eso, Rajoy tuvo la suerte de que al Gobierno de socialistas y nacionalistas en Galicia le diera por suicidarse a la vista del público y pasase a gobernar el señor Feijóo, que meses antes ni se lo esperaba.

La victoria en Galicia, el paro galopante y el congreso de Valencia reforzaron notablemente la posición de don Mariano, y sus críticos empezaron a considerar la hipótesis de que, pese a su discutido liderazgo (según la conocida teoría de Anson, es un mal candidato, pero reúne las condiciones ideales para ser un gran presidente), el PP pudiera regresar a la Moncloa empujado por los vientos de una crisis económica y social que imposibilitaría un tercer mandato de Zapatero.

t Truhanes de bigote y barba. Pasado el susto, el señor Rajoy se dispuso a esperar tranquilamente que los acontecimientos lo llevaran a hombros hasta palacio mientras se fumaba un puro, tal como lo retrata Peridis en sus viñetas. Y aún no había empezado a disfrutar de las delicias de la siesta cuando le estalló en las manos el escándalo del «caso Gürtel», ése en el que está por esclarecer judicialmente si la trama corrupta era consentida por el partido para financiarse ilegalmente o si, por el contrario, los corruptos se habían apoderado de la estructura del partido para parasitarla y aprovecharse de ella, tal como hace la hiedra con las paredes de un edificio. En cualquier caso, la aparición en escena de personajes como el llamado Bigotes o Correa, dos pícaros de levita que parecen sacados de las páginas de un «Guzmán de Alfarache» revisado y puesto al día, nos mostró, una vez más, que en el fondo del armario de la política hay demasiadas historias truculentas, demasiados papeles comprometedores, demasiados negocios sucios y demasiados sujetos poco recomendables, más propios del hampa que de lo que la gente fina llama el «santuario de la representación popular».

t Dos corazones y un escudo. No se impacienten, que ya vamos terminando. El tercer aspecto de la cuestión tiene que ver con lo que trascendió de la reunión, pese al compromiso inicial de confidencialidad. Si hubieran llevado a los taquígrafos de las Cortes para recogerlo, no se reflejaría mejor. Ese detalle vino a demostrar que cada bando dio traslado a sus contactos en la prensa de todo lo que pudiera perjudicar al enemigo ocultando celosamente las propias declaraciones. Una táctica que no les sirvió de nada, porque los rivales tuvieron la precaución de hacer lo mismo con ellos. La mera reproducción literal me exime de más comentarios. Así, por ejemplo, lo que le dijo el alcalde de Madrid a Rajoy parodiando una frase de Ortega y Gasset, un filósofo que, pese a la excelencia indudable de su obra, también tuvo momentos de una cursilería muy elaborada. «Mariano, la lealtad es la distancia más corta entre dos corazones. Cobo (su hombre de confianza) es leal a ti y al partido». O el mensaje que le dirigió el inefable Francisco Camps, presidente de la comunidad autónoma valenciana, quien, según malician sus propios correligionarios, levita cuando entra en trance místico. «Cuando yo estaba mal y sufría, pensaba en ti y me animaba. Mariano, tú eres mi escudo». Por no hablar del discurso acongojante del propio Cobo a sus compañeros para describirles el temor que sufre desde que supo que era espiado por agentes secretos al servicio de Esperanza Aguirre. «Tengo miedo por mis hijos y por los vuestros».

t El derbi madrileño. No obstante, la frase más comentada en los periódicos fue la del presidente de la Xunta de Galicia, el señor Núñez Feijóo, que quiso reducir el largo pulso que mantienen Esperanza Aguirre y Alberto Gallardón a un problema puramente local calificándolo de «derbi madrileño». Es decir, a un problema de un interés parecido al de un partido de fútbol entre el Real y el Atlético. La frase oculta malamente una desbordada ambición política. Últimamente, en algunos medios, se ha apuntado su nombre entre los posibles sucesores de Rajoy, en caso de que llegue la oportunidad, y parece que no le disgusta la idea. Los argumentos que se manejan a su favor son tres: no se le conocen implicaciones en la corrupción, acaba de ganar unas elecciones regionales por mayoría absoluta y es bastante joven.

t La nueva derecha y el nuevo Estado. Al margen de todo ello, la frase revela una concepción del Estado que no era usual hasta ahora en la derecha española, tradicionalmente centralista, autoritaria y madrileña. La derecha española siempre fue centralista, a costa de lo que fuere, mientras que la izquierda, cuando pudo, que fue por poco tiempo, mantuvo una discreta tendencia federal. La implantación del llamado Estado de las autonomías, que no es federal, ni confederal, ni foral (y que se resume perfectamente en aquella famosa frase de «¡café para todos!»), ha cambiado por completo las reglas de juego. Y ya casi se manda tanto en Bilbao, en Sevilla, en Barcelona y en Santiago de Compostela como en Madrid, para satisfacción de la clase política periférica y de sus apoyos mediáticos y económicos. Para muestra, un botón: antes de terminar este artículo he visto al señor Núñez Feijóo quejarse en televisión de que el Gobierno de Zapatero no lo llame para resolver un grave problema humano en el océano Índico. Y desde esa perspectiva de la propia importancia hay que darle sentido a sus palabras. Aunque a los políticos no hay que otorgarles mucho crédito. Todos le quieren quitar categoría a Madrid, pero todos aspiran a gobernar desde Madrid en cuanto pueden. Aunque sea en coalición.

En todo caso, hay que desearle mucha suerte a don Mariano. Hasta que presente su candidatura a la Presidencia del Gobierno aún le quedan dos años de continuos sobresaltos. Que los lleve con salud.

 

 
 
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